domingo, 1 de junio de 2014

Los maestros. LUIS GARCÍA MONTERO

Los maestros


LUIS GARCÍA MONTERO
Granada, 1958. Poeta y Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada. Es autor de once poemarios y varios libros de ensayo. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por 'El jardín extranjero', el Premio Loewe en 1993 y el Premio Nacional de Literatura en 1994 por 'Habitaciones separadas'. En 2003, con 'La intimidad de la serpiente', fue merecedor del Premio Nacional de la Crítica.

La Universidad de Almería nombró el viernes pasado doctores Honoris Causa a Pedro Cerezo y Juan Carlos Rodríguez. Son dos maestros, dos de mis maestros desde que empecé a estudiar en la Universidad de Granada en los años 70. Lo primero que aprendí de ellos fue quizás el orgullo de sentirse discípulos. Oí a Pedro Cerezo hablar con respeto y admiración de José Luis López Aranguren. Oí a Juan Carlos Rodríguez hablar con respeto y admiración de Louis Althusser. Por ahí suelen empezar el camino los maestros, por su capacidad de sentirse discípulos.


Un maestro es algo más que un profesor, igual que un oficio supone algo más que un empleo. El maestro convierte la información en formación y el trabajo en una vocación. Las asignaturas pasan a formar parte de un destino, del cumplimiento de una vida. El oficio llega a ser así un ámbito cívico de compromiso con la sociedad, una continua interpelación, una alianza con los otros.

En “Recuerdo infantil”, Antonio Machado definió la sensación de tedio que suele penetrar en las aulas, el sufrimiento de las horas muertas:“Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de la lluvia en los cristales”. Stéphane Mallarmé capturó un sentimiento que a veces invade a los lectores: “la carne es triste y ya he leído todo los libros”. Las páginas, los horarios, las asignaturas y los días se confunden con un malestar de hastío y agotamiento.

Pero de pronto llegan los maestros y le dan sentido a la palabra saber. Se aprende a escuchar. Las palabras definen una forma de mirar, un modo de negociar con las inquietudes, una energía de vida. Si una obra de arte consigue que nuestros sentimientos coincidan por unos instantes con el mundo exterior, los maestros facilitan que el carácter se transforme en destino. Y entonces es otra la frase que se recuerda de Mallarmé: “El mundo fue hecho para dar lugar a un libro hermoso”. Y el poema de Machado que brota en la memoria no tiene ya que ver con la monotonía, sino con los yunques de su homenaje a Francisco Giner de los Ríos: “¡Yunques, sonad! ¡Enmudeced, campanas!”. O también: “Lleva quien deja y vive el que ha vivido”. O: “Sed buenos”.

Pedro Cerezo ha centrado buena parte de su trabajo filosófico en el pensamiento literario, en Machado y Unamuno, o en autores que han supuesto una relación viva entre la filosofía y la literatura como Ortega y Gasset o María Zambrano. Sus estudios han servido también parailuminar el mal del siglo, la crisis de la mentalidad positiva a finales del XIX, una dinámica que supuso para la literatura española el modo de responder a la situación particular de la Restauración y al mismo tiempo una manera de sumarse a las preocupaciones más hondas de la filosofía occidental.

Juan Carlos Rodríguez nos enseñó con un soneto de Garcilaso o con unas liras de San Juan de la Cruz que la literatura es histórica desde su misma raíz. Aviso para los puristas: tan social es una melancolía como una novela realista. Una rima en pretérito imperfecto responde a la historia tanto como una drama ilustrado sobre la necesidad de los matrimonios justos para conseguir una sociedad feliz. Por eso nos enseñó a concebir la intimidad como un espacio en el que se juega la emancipación del ser humano. Indagar en uno mismo supone una forma de compromiso con los demás.

Antonio Machado hablaba de la búsqueda de una nueva sentimentalidad. En su poesía hospitalaria, donde el tú y el otro ocupan un lugar central, coincidieron las lecciones de Pedro Cerezo y Juan Carlos Rodríguez. Evocación de un tiempo ya borroso. Entonces se fumaba en las clases, pero las palabras son mucho menos efímeras que el humo.


Las épocas de descrédito resaltan lo negativo y juegan con el pesimismo como invitación a la parálisis. Invisibilizan aquello que debe mirarse, aquello que merece admiración. Los maestros, que antes han sido discípulos, enseñan a admirar y nos dan energía para conservar hacia el futuro la herencia que hemos recibido de nuestros mayores. El tiempo, entendido como aprendizaje y artesanía, no pasa sólo como las nubes del querido Azorín. Es también un marco social para los vínculos. 

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